El incendio de la biblioteca de Sarajevo: la destrucción de la memoria.

Es la noche del 24 al 25 de agosto de 1992 en la ciudad de Sarajevo (Bosnia), cuando un grupo de ultranacionalistas serbios ataca el Instituto de Estudios Orientales, la biblioteca de Sarajevo, que celebraba su centenario, reduciendo a cenizas, en apenas unas horas, un incalculable patrimonio cultural, sirviendo como metáfora a uno de los conflictos más cruentos del siglo XX: La Guerra de los Balcanes.

Un ataque premeditado y ejecutado bajo las órdenes de Nikola Koljevic, un antiguo profesor universitario especializado en Shakespeare que se unió a las filas del bando ultranacionalista serbio de Radovan Karadzic tras la fragmentación de Yugoslavia. En el incendio, se perdieron más de dos millones de volúmenes, entre ellos 700 manuscritos, y publicaciones históricas bosnias de un valor  incalculable.

En palabras de uno de los reporteros españoles que cubrió el conflicto, Arturo Pérez Reverte, este hecho fue un atentado contra la memoria, contra un pueblo con el objetivo, deliberado y concienzudo de «reventar la memoria. No vencer al adversario sino exterminarlo. Borrar su memoria, rapar a sus mujeres, matar a sus hijos. Borrarlo de la faz de la tierra».

Una de las fotografías más impactantes que se tomaron de aquel incendio, fue la del fotorreportero español, Gervasio Sánchez. Un juego de luces y sombras que simboliza una de las mayores masacres cometidas en el siglo XX.

Una guerra que supuso la destrucción de la historia colectiva de un pueblo, el bosnio musulmán, que pierde su memoria por el fuego enemigo. El bombardeo de la biblioteca se utilizó como arma para acabar con la memoria.  Gervasio cuenta que la publicó en agosto de 1993, y que con el paso del tiempo se ha convertido en un icono de la barbarie. «La tomé el último domingo de junio sobre las nueve y media de la mañana. Nunca pensé que esa fotografía entraría en los museos. Nació para documentar el horror de la guerra, la incapacidad del hombre para vivir sin matar a su vecino».

Antes del bombardeo de 1992, la biblioteca fue también el escenario del suceso que desencadenaría la Primera Guerra Mundial: el asesinato del archiduque Francisco Fernando, el 28 de junio de 1914.

Un edificio que se convirtió en la construcción más cara de finales del siglo XIX . Y que, tras cuatro años de reconstrucciones, reabrió sus puertas en mayo de 2014, 22 años después de su destrucción total. Un lugar para no olvidar que la barbarie campó a sus anchas destruyendo vidas y pueblos a base de fuego y sangre.

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